Si se pretende hablar de la actualidad del país sin conocer los fundamentos históricos de la nación se comete un grave error. Para tartar de evitarlo, este blog busca conjuntar algunas de las visiones más críticas de la historia nacional, las cuales abordan los distintos periodos históricos con un sentido científico e inparcial; se trata pues de un espacio en donde el lector encontrará además de artículos de interés histórico, programas de radio y cápsulas de video que tratan de abarcar de la manera más amplia posible la historia nacional.
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Entre los esfuerzos más interesantes que actualmente se realizan sobre el análisis historico del país destacan los espacios "El siglo XIX" y "Conversaciones sobre Historia" que producen el Instituto Mexicano de la Radio (IMER) y el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
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Los materiales incluidos en este blog son producto de una recopilación de archivos personales y de otros sitios en la red; si deseas contribuir con materiales generados por los personajes citados, o simplemente deseas hacer un comentario, por favor escribe a:
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Fundación de México - Tenochtitlan

Quetzalcóatl sigue volando

Quetzalcóatl es una de las deidades más complejas del mundo p rehispánico. La riqueza de sus elementos simbólicos y del sustrato filosófico inherente a su figura hacen de él un mito fundacional de alcances universales. Roger Bartra, sociólogo y antropólogo, autor de obras como El salvaje en el espejo y La Jaula de la melancolía, comenta en este texto la obra de José Luis Díaz El revuelo de la serpiente: Quetzalcóatl resucitado editado recientemente por la editorial Herder.
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José Luis Díaz ha escrito un libro audaz e increíblemente atractivo. Es audaz porque además de examinar con lucidez el mito de Quetzalcóatl en su contexto prehispánico, sigue sus pasos hasta nuestros días. Por ello el libro es doblemente atractivo, pues nos presenta la anatomía del dios prehispánico y nos enfrenta con ello al enigma de su supervivencia. El libro de José Luis Díaz es un ensayo literario y crítico muy bien escrito, provocador y estimulante. Sus reflexiones sobre el mito originario se adentran en las diversas explicaciones que los arqueólogos y los historiadores nos han ofrecido del mito de Quetzalcóatl. Para Ángel María Garibay, el dios heroico y el rey terrenal reúnen las expresiones de una asombrosa literatura. El discípulo del padre Garibay, Miguel-León Portilla, ve a Quetzalcóatl como el centro de un complejo de ideas estructurado como un sistema filosófico. Para Laurette Séjourné el gran personaje histórico engendra al mito. Para Román Piña Chan, por el contrario, sólo una vez que se constituye el culto religioso el dios aparece en su encarnación humana. Enrique Florescano señala que este mito reproduce el ciclo del cultivo del maíz, en una secuencia de génesis, muerte y resurrección de una planta que fue la base alimenticia de las sociedades prehispánicas. Alfredo López Austin considera que el mito contiene elementos ideológicos que encarnan en el poder sucesivo de gobernantes, sacerdotes y guerreros. De estos y otros estudiosos José Luis Díaz extrae los elementos que le interesa destacar para su interpretación. Antes que nada, a Quetzalcóatl como deidad dual cuyo sacrificio permite que los hombres sean creados, lo que auspicia que el mito arraigue tanto en la conciencia individual como en quienes, muchos siglos después, lo toman como una vía de reflexión e introspección. Éste es el camino que con audacia toma José Luis Díaz. No me referiré a las características intrínsecas del mito de Quetzalcóatl. No tengo los conocimientos ni la especialización para ello. Comentaré aquí solamente algunos temas teóricos referidos a la interpretación de los mitos.
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Lo más fascinante del libro de José Luis Díaz es su seguimiento de las supervivencias y la evolución del mito de Quetzalcóatl después del terrible desastre que la conquista española ocasiona en las culturas indígenas. Así, el libro examina la extraña figura de un apóstol Quetzalcóatl-Santo Tomás, donde según Jacques Lafaye se funde “el símbolo antiguo de las esperanzas frustradas del México moderno”, idea celebrada también por Octavio Paz. Este sincretismo lleva a José Luis Díaz a una de sus muchas sugerentes indicaciones: a invitarnos a una lectura gnóstica del mito mesoamericano. Ciertamente, en el Evangelio de Tomás (hallado en Nag Hammadi) queda claro que los gnósticos creían en una identidad de lo divino y lo humano, a diferencia de la tradición judeocristiana ortodoxa que señala enfáticamente que hay un abismo entre la humanidad y su creador. Para algunos gnósticos el autoconocimiento es conocimiento de Dios, porque el yo y lo divino son idénticos.1 No cabe aquí citar todas las encarnaciones y revuelos del mito que estudia José Luis Díaz, desde los primeros cronistas a fray Servando Teresa de Mier, de Carlos de Sigüenza y Góngora a José Vasconcelos, de Mesoamérica a la región andina, de los antiguos toltecas a los modernos chicanos. José Luis Díaz re c rea, como escribe:
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Un mito cuya duración en el tiempo, extensión en la amplia geografía americana y magnitud de impacto sobre las principales culturas prehispánicas, durante la Colonia y aun los periodos independiente y contemporáneo, sugieren una profunda raíz psicológica, además de social.
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¿Cuál es esa raíz?, se pregunta José Luis Díaz. Aunque ya ha sugerido una interpretación gnóstica, el autor se acerca aquí a la interpretación neokantiana de Ernst Cassirer: el mito contendría, no una ve rdad metafísica y absoluta, sino una verdad simbólica de carácter etnológico y psicológico. Le atraen mucho las respuestas psicoanalíticas en esta búsqueda de la raíz del mito. El lenguaje simbólico común a muchos mitos permite sospechar que se hallan anclados en los estratos profundos del inconsciente, incluso en esa entidad tan difícil de asir como el inconsciente colectivo del que habló Jung. Señala con razón que hay un parentesco entre las interpretaciones metafísicas que encuentran arquetipos o complejos en los mitos, por un lado, y la explicación estructuralista de Lévi-Strauss, quien supone la existencia de modos de operación del espíritu humano. José Luis Díaz se resiste a las interpretaciones meramente circunstanciales del mito, que no acuden a ningún principio rector general. Por eso le atrae la explicación evolucionista de Hans Blumenberg.
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Para Blumenberg la “constancia icónica” de los mitos, que se manifiesta en su durabilidad y difusión, es un proceso prolongado de selección, una verdadera depuración milenaria de tipo darwiniano. La persistencia de los mitos, según Blumenberg, obedece al hecho fundamental de que la especie humana sufre una angustia por carecer de un nicho biológico preciso; esta desa daptación ha producido un déficit de instintos de adaptación. La función de los mitos consiste en superar esta angustia producida por lo que Blumenberg llama el “absolutismo de la realidad” (la desadaptación biológica), al traducirla a miedos específicos y concretos. Los mitos que sobreviven han sido sometidos a un largo “trabajo” de selección, donde los más aptos se endurecen y sobreviven. Otra interpretación evolucionista del fenómeno de la larga supervivencia de los mitos podría provenir del campo que cultiva José Luis Díaz, la neurobiología. Para comprender la supervivencia es interesante convocar a la biología: el código genético de los organismos (o de los mitos) no contiene, como se sabe, las instrucciones para un cambio evolutivo; los cambios y las variaciones no se encuentran programados en los mensajes genéticos. Es la estabilidad de la especie la que está programada, no su evolución. La neurobiología evolucionista se ha enfrentado a un dilema similar; tal como lo formula Gerald M. Edelman, los mapas neuronales no se pueden explicar por la operación de códigos genéticos preestablecidos que enviarían supuestamente instrucciones sobre la manera de tejer las redes de sinapsis (o de mitos). Según Edelman, debemos entender la red neuronal (o red mítica) a partir de un sistema de selección, en el cual la conexión ocurre ex post facto a partir de un repertorio preexistente; es decir, las conexiones no se tejen a partir de un instru c t i vo —como en un telar o una computadora—, sino a partir de un repertorio previo sobre el que opera un proceso de selección de las conexiones más funcionales.2 La larga duración de un mito como el de Quetzalcóatl podría obedecer a un sistema de selección similar. Las propuestas de José Luis Díaz nos conectan con el problema de la larga duración de los mitos desde ángulos nuevos. ¿Acaso las interpretaciones de los mitos que los conectan con entidades universales —arquetipos, arquitecturas espirituales, inconscientes colectivos , mentalidades— no conllevan el riesgo de reducir la otredad fundamental de un mito a la unidad, mediante comparaciones y asimilaciones que hallan similitudes en su lenguaje? A fin de cuentas, la angustia de los primeros cronistas y conquistadores ante el gran abismo que los separaba de las culturas indígenas era reducida al encontrar supuestos elementos comunes de carácter cristiano. La amenazadora otredad de culturas diferentes que nos son ajenas puede paliarse si hallamos rasgos comunes que nos unen a ellas. Pero: ¿son reales las semejanzas u obedecen a una postura humanista ecuménica —renacentista e incluso medieval— que renuncia a buscar causas de la diversidad humana? Ante este problema tenemos varias opciones. Una de ellas, estructuralista, es la famosa secuencia de Vladimir Propp propia de los cuentos populares. Su versión junguiana es la que ofrece Joseph Campbell cuando se refiere al ciclo separación-iniciación-retorno.3 Y más específicamente sobre el mito de Quetzalcóatl, que se refiere a la naturaleza ambivalente del ser humano y al conflicto entre fuerzas opuestas, los modelos de interpretación que examinan esta peculiar dualidad son muchos, desde el mito como mediador de opuestos (según Lévi-Strauss) hasta la fusión gnóstica de los contrarios. José Luis Díaz explora varias de estas opciones. Al acercarse al final de su análisis, concluye que:
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El mito de Quetzalcóatl es notable porque, si bien en muchos de sus aspectos y fases recuerda a los de otras latitudes, constituye en su totalidad algo único; posiblemente uno de los mitos más completos por los elementos universales que lo conforman.
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Ésta es la paradoja en la que se mueve con sutileza el estudio de José Luis Díaz: nos habla de Quetzalcóatl como un mito único con elementos universales. En efecto —continúa el autor— el de Quetzalcóatl es un mito de origen y destrucción que trata de los dioses y de un héroe salvador y fundador de ritos y cultos en los que se toca la relación de la eternidad con la vida terrestre y se abordan tanto el renacimiento como la transforma ción cósmica, el totemismo y el nahualismo o la capacidad de poseer un alter ego animal. Al examinar los elementos universales del mito José Luis Díaz se va acercando paulatinamente a una interpretación psicoanalítica y gnóstica; explora las diversas posibilidades de la dicotomía que distingue entre la sombra y la persona, entre eros y thanatos, el doctor Jekyll y míster Hyde, el ser y el no ser. Pero no ha perdido de vista las peculiaridades únicas del mito, las de una combinatoria de elementos que sólo ocurrió una vez en Mesoamérica y que no se ha repetido y acaso nunca se repetirá. Es muy posible que ese carácter único se haya perdido para siempre, y que hoy sólo podamos intuirlo y sentirlo, paradójicamente, por medio de sus ingredientes universales. “El mito de Quetzalcóatl —nos dice José Luis Díaz— es real y potencialmente gnóstico porque puede tomar vida en cada uno y simbolizar o articular esa febril batalla interior por el saber trascendental y la redención final”. Hay escritores que creen que el sueño antiguo mexicano se perdió, que su pensamiento fue interrumpido. Le Clézio, por ejemplo, cree que los mexicanos en el momento de la conquista estaban en vísperas de desarrollar un sistema filosófico que hubiera podido resolver las contradicciones del mundo antiguo europeo, que hubiera podido lograr la armonía entre lo real y lo sobrenatural. Cree que el hombre occidental ahora tiene que reinventar lo que ya sabían las civilizaciones que destruyó.4 Para José Luis Díaz, más optimista, la inmersión en el mito de Quetzalcóatl permite reconocer la chispa de lo trascendental y al mismo tiempo su extinción en la dualidad del águila y la serpiente. He aquí —dice José Luis Díaz— la doble esencia y el doble símbolo de la serpiente emplumada: el águila como aquella chispa y la serpiente como esta imitación. Se trata, finalmente, de una re s u r rección durante la vida por la cual se adquiere una nueva vida, de un despertar por el cual las apariencias adquieren nuevos significados. De esta manera José Luis Díaz logra una sensibilidad que abre las puertas del saber más que las de la creencia. Descubre que el río del pensamiento de los antiguos mexicanos no se interrumpió, aunque sus afluentes no son fáciles de encontrar. Para lograrlo hay que sumergirnos en el caudal de la imaginación, como lo hace con tanta brillantez José Luis Díaz.


Roger Bartra


Revista de la Universidad de México
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1 Elaine Pagels, Los evangelios gnósticos, Crítica, Barcelona, 1988, p. 19.
2 Véase un examen de la propuesta de Edelman en mi libro El salvaje artificial, ERA/UNAM, México, 1997.
3 La interpretación más rigurosamente junguiana de los mitos mexicanos antiguos es la de Manuel Aceves, El mexicano: alquimia y mito, Joaquín Mortiz, México, 1991.
4 Jean-Marie Gustave Le Clézio, Le rêve mexicain où la pensée interrompue, Gallimard, Paris, 1988.

México siglo XX - Los años locos

Las élites mexicanas. Élites empresariales

En mis ensayos anteriores sobre las élites intelectuales y políticas apunté algunas características comunes a ambos grupos. Los grupos dirigentes mexicanos se han visto igualmente afectados por ciertas tendencias que han influido en su educación, su centralización y el nivel de su institucionalización. El grupo que más influye en el desarrollo de la sociedad, e indirectamente en algunos de estos patrones, es el de los dirigentes económicos. Su relación con el Estado es a la vez simbiótica y antagónica. Puesto que con frecuencia los intereses de ambos grupos en apariencia se oponen, podría parecer que tienen poco en común. En realidad, en México la jefatura del sector privado comparte con el Estado ciertos rasgos. Al crecer una economía, una de las evoluciones características de los sistemas capitalistas occidentales es la expansión de las empresas y el incremento concomitante en la demanda de administradores profesionales. El administrador profesional es al sector privado aproximadamente lo que el político tecnócrata, o el político burócrata, es al Estado. Se elige al administrador profesional sobre la base de su capacitación formal, su experiencia y sus habilidades. Es el responsable ante el consejo de administración de la empresa, o ante un pequeño grupo de propietarios, en caso de que la empresa no sea propiedad pública. En la década de los sesentas, al iniciarse el proceso de expansión económica, esta clase de individuos se hizo cada vez más importante. Esto queda ilustrado con el hecho de que aun entre los directores del Consejo Coordinador Empresarial, grupo que representa los intereses de la élite empresarial en México, es posible encontrar administradores además de capitalistas importantes. El surgimiento del administrador profesional en México es importante por varias razones. En primer lugar, algunos economistas, y en realidad prominentes administradores mexicanos, creen funcionar con mayor eficiencia que sus similares capitalistas en puestos que implican toma de decisiones. Estos individuos se han hecho por sí mismos. No han.dependido de los lazos familiares ni de un capital para triunfar. Puesto que carecen de intereses creados dentro de la empresa, generalmente están más dispuestos que los capitalistas a correr riesgos y a introducir cambios innovadores en las estructuras y en la producción de la compañía. En pocas palabras, se sienten mucho más alentados por los beneficios mediatos que por los inmediatos. La aparición del administrador profesional también es significativa por sus implicaciones en el reclutamiento y el control de los empresarios. Durante los años sesenta, la dirección de las principales empresas empezó a dar entrada a individuos que no provenían de familias de empresarios prósperos. En otras palabras, el grupo del que procedían las élites empresariales se hizo más extenso. Lo anterior es importante porque no son muchos los canales de ascenso social con que cuenta una sociedad. En México, las carreras dentro del mundo intelectual, la Iglesia y el ejército son muy limitadas, tanto por el talento y el interés que se requieren, como por la demanda. Las carreras en el gobierno, pero especialmente en el sector privado, ofrecen el mayor potencial para un mexicano ambicioso. Sin embargo, si los canales de acceso a los puestos directivos dentro del sector privado están restringidos a un grupo preseleccionado de mexicanos, entonces la movilidad es limitada y la jefatura es cada vez más homogénea.


A pesar de la fluidez del sector privado en los años sesenta, las empresas más importantes en México siguen, en gran medida, bajo el control y la administración de individuos que son hijos o nietos de empresarios sobresalientes. De hecho, las dos terceras partes de los principales empresarios mexicanos desde la década de los 1920 son descendientes de hombres de negocios.’ No obstante, resulta asimismo significativo examinar esta tendencia a lo largo del tiempo. Sería de esperar que, conforme crece la economía, disminuyera la confianza en los lazos familiares para la asignación de puestos administrativos. A partir de la generación de 1890, cuando el 41% de los principales empresarios mexicanos eran hijos de individuos que formaban parte del mundo de los negocios, se ha registrado un aumento persistente en los antecedentes empresariales de los padres. En las dos últimas generaciones, no se sabe de ningún empresario importante que no haya tenido por padre a un hombre de negocios. Curiosamente, muchos de los empresarios mexicanos destacados de finales del siglo pasado y principios de éste se hicieron a sí mismos, así como muchos individuos contemporáneos de Porfirio Díaz también se hicieron a sí mismos en la política. Mientras que la Revolución dio oportunidad a una nueva clase social de políticos y empresarios, desde entonces no se observa ese mismo grado de apertura social en las trayectorias política o empresarial. En la actualidad, por ejemplo, de los principales hombres de negocios en Guadalajara, el 44% reconoció haber obtenido su primer puesto gracias a un lazo familiar.” En la vida política mexicana, uno de cada tres líderes prominentes nacionalmente es hijo de un político o está directamente emparentado con uno. Entre los empresarios, esta tradición familiar es todavía más exagerada. La anterior comparación sugiere que ambas élites están siendo seleccionadas entre un grupo cada vez menor, el que a su vez procede de una élite y que comparte los intereses creados de sus padres en sus respectivas áreas de responsabilidad. Junto con los principales políticos e intelectuales, los empresarios comparten también otras características: son de origen urbano. Esto es cierto aun en el caso de los hombres de negocios del norte del país, los cuales provienen en forma desproporcionada de las ciudades. El ochenta y cinco por ciento de los empresarios mexicanos más importantes procede de ciudades de más de 5000 habitantes. Si bien es cierto que México se ha urbanizado mucho, también lo es que ha aumentado el número de empresarios con antecedentes urbanos. Desde 1940, ninguno de los empresarios que integraban mi muestra nació en una localidad rural. El hecho es que, los mexicanos de origen rural tienen pocas oportunidades de ascender en la burocracia política, en la vida cultural o en el sector privado. Los empresarios no sólo tienen orígenes urbanos, sino que también provienen generalmente de las capitales de los estados o de ciudades en el extranjero. Los antecedentes urbanos de los políticos y los intelectuales hablan de la concentración de estos grupos en grandes ciudades, lo que a su vez refleja la centralización de los recursos económicos, intelectuales y políticos en un número restringido de centros urbanos. Al igual que los políticos y los intelectuales, una cifra desproporcionada de empresarios procede de la capital. Uno de cada cuatro hombres de negocios importantes desde 1920 nació en la ciudad de México. No obstante, un estudio de las tendencias actuales revela un patrón todavía más exagerado. Hacia la década de los veintes el 30% de los empresarios más destacados consideró a la ciudad de México como su lugar de nacimiento, y hacia los años cuarenta esa cifra aumentó a 64%. Lo anterior, aunado al hecho de que el segundo grupo más importante de empresarios proviene de los estados fronterizos del norte, nos autoriza a decir que la mayor parte del país no está representada entre los líderes del sector privado. Sin embargo, los orígenes de los hombres de negocios tienen un elemento común con los intelectuales y que no comparten con los políticos. Desde la Revolución, uno de cada cinco empresarios importantes es hijo de uno o ambos padres de origen extranjero, sobre todo europeo, aunque también proceden del Medio Oriente. Como sostuve previamente, los españoles nacidos en la década de los treinta tuvieron una influencia muy marcada en las dos últimas generaciones de intelectuales mexicanos. Por lo tanto, en un aspecto el sector privado dio muchas más oportunidades a los inmigrantes recientes que las que ofreció el sector público. El grado de nacionalismo en México no impidió que estos inmigrantes alcanzaran el éxito financiero, en un lapso relativamente breve. No obstante, y nuevamente, la información acerca de los empresarios sugiere un cambio significativo en ese patrón a lo largo del tiempo. Entre esos empresarios importantes que nacieron después de 1930, el número de quienes tienen antecedentes extranjeros ha declinado precipitadamente, alcanzando una cifra menor al diez por ciento. Y sin embargo, aun cuando sólo el uno por ciento de la población mexicana es de origen extranjero, esto sugiere cuán desproporcionadamente significativas han sido las oportunidades dentro del sector privado. Uno de los grandes mitos del capitalismo es el del surgimiento del empresario que se hizo por sí mismo. En el ámbito intelectual, hice notar en su momento la idea falsa que existe en el sentido de que las principales figuras culturales se formaron a sí mismas. Se ha creado la misma imagen acerca de los empresarios, es decir, que la educación formal no es parte de las características de los hombres de negocios que triunfan. Nada podría estar más alejado de la realidad. Los líderes empresariales mexicanos gozan y han gozado por muchas décadas de una educación extremadamente buena.


Entre los hombres de negocios importantes desde 1920, el 61% ha obtenido algún grado universitario. En la generación de 1900 más de la mitad de los empresarios estaba terminando estudios universitarios en una época (los años 1920) en la que sólo el 1% de la población se inscribía siquiera en la universidad. Hacia la generación de 1930, el 96% de los líderes empresariales mexicanos contaba con una educación superior. Como observé en el caso de las élites políticas e intelectuales, tanto el nivel como el tipo de antecedentes educativos se han alterado. Estas tendencias tienen consecuencias significativas en los grupos dirigentes. Y esto no es menos cierto en el caso de los empresarios. Resultaría lógico pensar que la mayor parte de los empresarios ha realizado estudios en el área económica. Pero, dado que la economía es una carrera sin duda reciente en México, y dado que en la Universidad Nacional tendía a caracterizarse por una orientación ideológica izquierdista, gran parte de los empresarios importantes optaron por otros campos o estudiaron en el extranjero. En parte como respuesta a esta deficiencia, un poderoso grupo regional de empresarios, el grupo Monterrey, creó su propia institución educativa en 1943, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey. Es la segunda universidad, después de la UNAM, en formar futuros líderes empresariales. Los líderes empresariales mexicanos, al contrario ue sus similares en la política, también han asistido a escuelas primarias, secundarias y preparatorias privadas. Más de la mitad de los dirigentes del sector privado desde 1920 ha cursado sus estudios en escuelas preparatorias privadas, una tercera parte en el extranjero, por lo general en los Estados Unidos. Casi la tercera parte de los empresarios de México estudió también en universidades del extranjero. El hecho de que el número de empresarios que se educaron en escuelas privadas sea mayor al de intelectuales y políticos, influye en su orientación ideológica y, en última instancia, en su relación con ambos grupos. Si bien es cierto que es mayor el número de hombres de negocios que se formó en escuelas privadas, cada vez más los tres grupos están acudiendo a las instituciones privadas, inaccesibles para gran parte de los mexicanos, en los diversos niveles. Sobre la base de ciertas variables, en especial orígenes urbanos, antecedentes de clase media y alta, lazos de parentesco con otros empresarios, educación dentro de instituciones privadas y logros educativos de alto nivel, los empresarios mexicanos comparten entre sí importantes características, todas las cuales los aíslan del resto de la población, y muchas de las cuales los aíslan de otros grupos dirigentes. No debe exagerarse el nivel de cohesión dentro de la jefatura del sector privado mexicano, a pesar de estas similitudes en los antecedentes. Las actitudes de los empresarios hacia el Estado difieren en muchos aspectos. Sin embargo, en conjunto, los empresarios se han formado con una serie de inclinaciones comunes que no se encuentran entre los políticos ni entre los intelectuales. Las peculiaridades relativas a los antecedentes de los principales empresarios mexicanos perpetúan ciertas experiencias homogeneizadoras. Lo cierto es que sin unos padres de clase socioeconómica media y alta, estos empresarios no habrían sido capaces de obtener una educación superior, necesaria en la actualidad para convertirse en un hombre de negocios próspero en México. La vida intelectual y política está enormemente centralizada en la ciudad de México. Las principales figuras culturales y políticas no sólo viven y trabajan en la capital, sino que las estructuras institucionales que las apoyan se encuentran también localizadas en la ciudad de México.


A este respecto, los empresarios no están tan centralizados como estos grupos. Estructuralmente hablando, si bienes cierto que la capital del país, junto con el Estado de México, da cuenta de la mayor concentración de plantas manufactureras, una serie de empresas importantes se localiza en Coahuila, Chihuahua y Nuevo León, especialmente en los alrededores de Monterrey, la cuarta ciudad más grande de México. Una porción significativa se ubica en la parte oeste del país. Los empresarios forman una élite definitivamente urbana, pero han establecido fuertes lazos regionales con el oeste y el norte, y estos lazos los llevan a entrar en conflicto con los líderes políticos y con los empresarios de la ciudad de México. Aunque la fuente de su capacidad productiva está relativamente distribuida por regiones, las organizaciones que representan sus intereses ante el gobierno, y ante la sociedad en su conjunto, se encuentran todas en la ciudad de México. La dirección de estas organizaciones ha estado por lo general en manos de administradores profesionales y no de capitalistas, dando así oportunidad al empresario que se hizo por sí mismo de dejar huella en el mundo de los grupos de interés. Además, antes de la nacionalización de 1982, la Asociación Mexicana de Bancos desempeñaba un papel clave de enlace entre las élites políticas y económicas. Desde el punto de vista de la organización, las empresas más poderosas de México se han burocratizado y centralizado cada vez más al convertirse en importantes grupos industriales. Los líderes de estos grupos industriales se encuentran unidos entre sí por lazos maritales, de parentesco y económicos. Estos grupos han fomentado más la unidad que la autonomía. A finales de la década de los setentas, en el apogeo de su expansión, estos grupos adquirieron numerosas empresas más pequeñas e impusieron en las líneas de producción de estas últimas una administración técnicamente capacitada pero sin experiencia práctica previa, lo que dio lugar a resultados desastrosos. Los empresarios aprendieron la misma lección que recibieron los políticos: las experiencias de tipo popular presentan ciertas ventajas para los administradores, ya sea en política, ya en los negocios. Finalmente, la influencia indirecta de los Estados Unidos en las experiencias y actitudes de los empresarios es sustancial. Un alto porcentaje de los empresarios procede del norte del país y experimentan más directamente la influencia política, económica y cultural de los Estados Unidos. No es una casualidad que un grupo de empresarios mexicanos que favorece activamente la participación política creciente, esté formado por personas que provienen del norte del país más que de la capital. Manuel Clouthier, candidato a la presidencia por el Partido Acción Nacional, es el ejemplo extremo del empresario activista. Estos individuos desean que México implante un proceso electoral verdaderamente competitivo, similar al que se observa en la política de los Estados Unidos. Además, las experiencias adquiridas en las universidades norteamericanas y en prestigiosas universidades privadas mexicanas originan en los empresarios una visión del Estado que difiere de la de los políticos y los intelectuales. Queda por verse si una creciente educación privada entre los políticos y los intelectuales alterará sus valores, acercando éstos, por su línea, a los que los empresarios hicieron suyos. No obstante, justo es decir que, en el pasado, tanto como el futuro inmediato, las visiones distintas acerca del Estado y su papel que comparte cada una de las élites se han visto afectadas en gran medida por su educación y por el medio en que fueron educadas.

Roderic Camp


Vuelta 141, Agosto de 1988
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Véase el próximo libro del autor The Mexican Entrepreneur. A Political Portrait (Nueva York: Oxford University Press, 1989). 2 Jorge Camarena, y Pablo Lasso, Hacia un estilo propio de dirección de empresas, proyecto piloto, Guadalajara, México Washington, D.C.: BID, 1984), p. 101.

Visión de los vencidos 500 años después

La historia como catarsis

Característica central en la obra de Edmundo O’Gorman es la elaboración de un discurso histórico a partir de una teoría que lo sustenta. Se trata de un caso raro, ya que muchos de los historiadores que han formulado reflexiones teóricas lo han hecho después de haber escrito sus discursos. Pocos han sido, a la vez, filósofos de la historia e historiadores. O’Gorman se inició como historiador después de haber cumplido treinta años de edad. Abogado atraído por la vida intelectual, fue buen lector de filosofía y literatura. Por lo menos en sus escritos tempranos da muestra de haber leído a José Ortega y Gasset, cuyos libros siguió leyendo y discutiendo con su amigo José Gaos, discípulo directo de Ortega. Conocía la obra de Antonio Caso y, por referencias a partir de ella, no le eran ajenos Heinrich Rickert y Wilhelm Windelband. Lo mismo sucedía con Benedetto Croce a quien, si bien no menciona, su pensamiento ronda sus primeros escritos. En un texto de 1938 cita una novedad bibliográfica: la Introducción a la filosofía de la historia de Raymond Aron. Aunque años más tarde tradujo a Collingwood, desde el principio se manifestó en contra de la historia de “tijeras y engrudo”, sin llamarla así.


El abogado que optó por dejar los litigios en favor de una maestría y un doctorado en filosofía comenzó a cosechar los frutos que le daba la nueva enseñanza.[1] En sus primeros textos se dejan ver las influencias que comenzaba a recibir O’Gorman. En un artículo publicado a la muerte de don Luis González Obregón (1938) destacan por lo menos dos cuestiones: clamar por la necesidad de una historia de la historiografía mexicana (Croce) y rescatar de la obra del viejo cronista desaparecido, la atención que le brindaba a la leyenda como fuente de conocimiento histórico. Lamentablemente sólo apuntó y no desarrolló la idea, hoy muy actual, de que los historiadores no debieran limitarse a la seguridad de las fuentes escritas, sino abrirse a mitos, tradiciones y leyendas. En sus “Consideraciones sobre la verdad en historia”, ponencia presentada en 1945, hace explícita su profesión de fe historicista, vitalista, idealista y relativista. El pasado no tiene una existencia en sí sino que la conciencia del sujeto desde el presente, se forma una idea del pasado, que es algo que constituye su ser. O’Gorman gustaba de repetir que no se trataba del pasado sino de nuestro pasado, por consiguiente, conocerlo significaba conocernos y si lo hacíamos con autenticidad, ese conocimiento resultaba catártico. La primera aproximación a la catarsis mexicana se da en 1945, con motivo de su estudio introductorio a una antología de textos de fray Servando Teresa de Mier, cuyo objeto era caracterizar su pensamiento político. La herencia historiográfica predominante de manera superficial calificaba a Mier de centralista, por haberse opuesto al federalismo. La historia mexicana, siempre dada a los enfrentamientos formales, no podía captar matices. O’Gorman presenta a Mier, no como a un centralista, sino como a un federalista moderado o precavido, que se oponía a un federalismo extremo, al cual condenaba al fracaso. La reflexión final a la que llega después de glosar los textos del ex dominico lo hace llevar a sus lectores a un primer enfrentamiento catártico con el pasado decimonónico en el que pasa del plano historiográfico al historiológico. Por esto quiero connotar la reflexión profunda sobre el sentido que puede tener el enfrentamiento entre las opciones federal y central para organizar la nueva república. El argumento que plantea O’Gorman no es del todo extraño a la época, cuando estaba fresca la idea de la “imitación extralógica” que había señalado Caso o el prurito imitativo que planteaba Samuel Ramos. Para O’Gorman, el carácter razonable mexicano lo llevaba a tratar de aplicar utopías que habían probado su buen éxito en otros ámbitos históricos, lo que quiere decir historia aplicada. Por eso las tendencias conservadoras tenían razón en la medida en que se oponían a la aplicación de lo ajeno, pero también las utópicas eran razonables, puesto que triunfaban. Pero sólo si se elaboraba una utopía propia, es decir, no históricamente demostrada, sólo así habría historia de libertad, auténtica. Y precisamente cuando estaba en el camino hacia La invención de América surgió el texto que habría de hacerlo avanzar hacia la catarsis de la historia mexicana. Se trata del artículo “Precedentes y sentido de la Revolución de Ayutla”, de 1954, uno de los mejores que escribió O’Gorman en toda su vida. Ahí, lo que apenas apuntaba en el trabajo sobre Mier, crece en extensión y profundidad. Se trata en realidad de un breve recorrido por el sentido de la historia mexicana de la Independencia a la Reforma. Huelga decir que en ese recorrido no hay demasiados nombres ni referencia a hechos, lo que se busca es el sentido de la historia. De nuevo la historiología, el planteamiento de preguntas fundamentales.


Para O’Gorman la Independencia dejó un doble legado, dos utopismos: Apatzingán e Iguala. Sus significados se proyectarán a lo largo de la historia que transcurre a partir de la consumación de la Independencia y obligarán a desarrollar un proceso de síntesis que dé lugar a que la revolución de Ayutla no sea un pronunciamiento más en la historia de la primera mitad del siglo XIX sino un movimiento que establezca el triunfo de uno de los utopismos, pero permeado por el otro. El puente que establece O’Gorman entre Ignacio Comonfort y Porfirio Díaz no es mera comparación de caracteres, sino la asunción de un proceso de síntesis que tiene lugar en el “hombre providencial” que es el dictador republicano. De no haberse dado el proceso de síntesis dialéctica, la Reforma, hecha posible por el movimiento de Ayutla, hubiera ido contra la historia y no con ella, como resultó a la postre. Es decir, la tesis o utopismo liberal, para afirmarse, tuvo que asimilar dentro de sí a su negación, esto es, la tesis conservadora, para poder superarla. El problema, entonces, radicaría en asimilar ese proceso por parte de una conciencia histórica excluyente. Es muy difícil que se reconozca y acepte que lo que llegó a triunfar no lo hizo de manera “pura”. La historiografía oficial ha incurrido en la trampa de aislar el pensamiento que condujo e hizo triunfar a la Reforma de la práctica real del reformismo liberal en la arena política, que llevó a sus protagonistas a incurrir en aquello que le combatían a sus antagonistas. La búsqueda de una nueva catarsis aguardará un decenio más. En 1967, por encargo de la Secretaría de Hacienda, escribe el epílogo de un libro conmemorativo del centenario del triunfo de la República, ideado por don Manuel J. Sierra. Dicho epílogo, un par de años más tarde, adquirió individualidad en un libro de fácil manejo, pero que como todo lo de su autor, reclama atenta lectura. Se trata de La supervivencia política novohispana. Es la nueva edición, corregida y aumentada, del ensayo de Ayutla, pero que ahora involucra también la experiencia imperial y su fracaso. Las dotes dialécticas de ese buen lector de Hegel que fue O’Gorman salen a colación. De nuevo el seguimiento de las tesis y las antítesis que se sintetizan para dar lugar a un movimiento histórico que desembocará en la unidad de dos contrarios al parecer irreconciliables. Poco después de celebrar sus siete décadas de vida, en 1977, Edmundo O’Gorman concluye la redacción de un nuevo texto, derivado de toda la secuela descrita: México, el trauma de su historia. Si se señala a La invención de América de ser el más importante de sus libros, declaro a El trauma..., el más inquietante. Su génesis fue la revisión de La invención de América para una nueva edición tal vez definitiva a la que quería agregar un epílogo mexicano. Tal epílogo fue creciendo hasta alcanzar las dimensiones de un libro tan breve como apretado, sin página inútil. Por esta razón, el primer capítulo es una recordación de La invención..., para después adentrarse en el conflicto tradición-modernidad en Occidente y su proyección hacia el Nuevo Mundo. Después, el tratamiento está dedicado a cómo ese conflicto se dio en la historia mexicana. Cabe aclarar que, por vez primera, estas reflexiones surgieron de manera libre de parte de su autor, y no por encargo, como habían sido las obligadas de Mier, Ayutla y el triunfo de la República. Entre el ensayo sobre Ayutla y La supervivencia política mexicana mediaba un avance en la consideración catártica de la historia. Una lectura superficial de sus textos lo colocarían en el bando conservador, lo cual no hubiera molestado a ese liberal sui generis que fue O’Gorman. Sus argumentos en favor de la razón de ser tradicionalista, centralista, conservadora, monárquica, para lectores tributarios de la ideología oficial, lo haría muy sospechoso de inclinación conservadora.


Sin embargo, siempre admitía la razón de ser de los triunfos liberales, a diferencia de los historiadores tradicionalistas, que simplemente no admitían nada que no fuera lo suyo. O’Gorman no. Una lectura cuidadosa de sus textos nos lleva a ese rigor hegeliano en el cual, para que una cosa sea tiene que contener su negación. Imposible explicar el triunfo liberal sin la razón de ser conservadora, y mucho menos, la desembocadura del triunfo en algo que no deja de ser liberal pero que no pone en práctica algo tan claramente liberal como la democracia. Querer explicar el porfirismo como una simple traición a los ideales liberales, además de ser superficial es inexacto. Díaz y su gobierno son la síntesis de lo que se gestó antes de él. Lo interesante es observar el proceso de cómo se perfilan las dos tendencias y cómo una va adquiriendo elementos de la otra. Si México es producto de su historia, su historia no es sólo la de una de las tendencias que se dieron en su formación, sino que la triunfante, al serlo, ya había asimilado mucho de la derrotada. Lo que se perfilaba desde 1945, con Mier, cuando se hacía ver que no era necesario contraponer el federalismo al centralismo, sin más, sino que era posible, como lo pensó el ex dominico, ser federalista moderado, o señalar la solución de los utopismos de la Independencia en la práctica llevada a cabo por un “hombre providencial”, en 1954, o hacer ver, en 1967, cómo se fue liberalizando el monarquismo y cómo se fue monarquizando la república, llega a su propia síntesis en un ejercicio historiográfico de plenitud en el libro escrito cuando su autor rebasaba los setenta años de vida. México, el trauma de su historia es uno de los libros de historia más inquietantes que se hayan escrito en México. Aunque derivado de La invención de América, para el pensamiento político mexicano es una obra plena, de importancia mayor. El problema es que la conciencia histórica asimile ese proceso traumático como una catarsis en que se reconozca y se acepte. Si la conciencia mexicana se coloca en la encrucijada de Jano que le ofrece O’Gorman, es que no se ha enfrentado a su verdadera imagen, que es la que le llega como herencia. Si se empeña en aceptar sólo una parte de su historia, seguirá caminando por un solo camino que no necesariamente sería el de su salvación. Seguiría siendo su historia aplicada, para no llegar jamás a la autenticidad.




Álvaro Matute
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[1]: Me he ocupado de distintos aspectos de la obra de Edmundo O’Gorman en varias ocasiones. Cito los tres artículos que tienen qué ver con lo tratado en éste: Álvaro Matute, “La visión de Edmundo O’Gorman del México nacional” en La obra de Edmundo O’Gorman. Discursos y conferencias de homenaje en su 70 aniversario 1976, Facultad de Filosofía y Letras / UNAM, México, 1977, pp. 75-93; “El historiador filósofo” en Theoría. Revista del Colegio de Filosofía, número 3, marzo de 1996, pp. 191-196, y “El historiador Edmundo O’Gorman (1906-1995). Introducción a su obra y pensamiento histórico” en Mexican Studies / Estudios Mexicanos, volumen 13, número 1, winter 1997, pp. 1-20.

El control de los recursos petroleros mexicanos - Lorenzo Meyer

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