Si se pretende hablar de la actualidad del país sin conocer los fundamentos históricos de la nación se comete un grave error. Para tartar de evitarlo, este blog busca conjuntar algunas de las visiones más críticas de la historia nacional, las cuales abordan los distintos periodos históricos con un sentido científico e inparcial; se trata pues de un espacio en donde el lector encontrará además de artículos de interés histórico, programas de radio y cápsulas de video que tratan de abarcar de la manera más amplia posible la historia nacional.
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Entre los esfuerzos más interesantes que actualmente se realizan sobre el análisis historico del país destacan los espacios "El siglo XIX" y "Conversaciones sobre Historia" que producen el Instituto Mexicano de la Radio (IMER) y el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
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Los materiales incluidos en este blog son producto de una recopilación de archivos personales y de otros sitios en la red; si deseas contribuir con materiales generados por los personajes citados, o simplemente deseas hacer un comentario, por favor escribe a:
cogitamentum@gmail.com

Entrevista a Eduardo Matos Moctezuma

Crack social, político y diplomático

Jorge Volpi juega. Afirma en su Código de procedimientos literarios del Crack que “los miembros (de este grupo) tienen el derecho —como todos los escritores del mundo— de escribir sobre cualquier tema que se les ocurra”... De ahí en adelante, Volpi insiste y reclama incluyendo en varias ocasiones esa frase: “como todos los escritores del mundo”, y la repite en sus consignas determinando la fuerza de un empecinado liberalismo cosmopolita, asentado tanto en la individualidad liberal como en la broma; es un juego intelectual que se inició hace mucho más de diez años (él dice que fue así desde el verdadero nacimiento del Crack cuando se vivían los tardíos años sesenta y “nacieron sus miembros”). Varias veces escuché decir a Volpi que la única fórmula del grupo ha sido “hacer”... Más elegante sería decir “emprender”, tal y como lo corregiría un político con colmillo, para que hablen de uno y no dejen, por razón evidente o remota, de comentar de criticar de detestar y de mencionar tu nombre... Y pareciera que tal esfuerzo, en el llamado grupo del Crack, enfrentó los altos muros de la humildad mexicana, congénita y ramplona, a veces infranqueable, en un país grosero donde, por paradoja, la timidez es virtud y la protesta y el atrevimiento, vulgaridad. Simplemente, la del grupo parecía una inusitada e inaceptable pretensión. De ahí en lo subsiguiente se justifica, sin usar más que la lógica, que se atravesara la puerta hacia una obligada e intensa búsqueda de la internacionalización. Ahora se cumplen diez años del “Día D” en que una casa de cultura de San Ángel albergó la presentación en sociedad del Manifiesto del Crack (1996), un cuadernillo amarillo que me empeño en conservar como testimonio y que en pocas décadas, espero, será tasado desmesuradamente por la sociedad Smithsoniana. Estaba integrado con sugerente visión de futuro por hojas oficio donde Ignacio Padilla, Ricardo Chávez Castañeda, Eloy Urroz, Jorge Volpi y Pedro Ángel Palou colocaron endogámicamente pasajes y críticas entrecruzadas. A diez años de ese momento que me negué a acompañar entonces con cualquier otro encargo que no fuera la de simple espectador, tres de los siete supuestos miembros del Crack viven en el extranjero, tres en México vinculados a instituciones de quehacer prototípicamente internacional y el último, para colmo, se hizo diplomático para traquetear su carrera literaria a golpes de burocracia y alimentar así ociosos cuestionamientos sobre su pertenencia al grupo que Volpi no acepta definir más que como “entelequia” o “amistad literaria de sus miembros”. Jorge Volpi vive en el norte de España “internacionalizando” aún más voces y amoríos; recordamos que estudió largo rato en España en un momento en que su estadía en el viejo continente semejaba una fuga; fue consejero cultural de México en Francia y dirigió el Instituto Cultural de México en ese país, algo que nunca se ausenta de sus perfiles y tarjetas de presentación. Padilla no sólo recorrió pasajes paralelos estudiando con Volpi en Salamanca y siendo el agregado cultural de México en Londres en la misma época en que su amigo calaba en el mundo francés, sino que además sus vivencias de juventud en Sudáfrica y Escocia lo han llevado a afrontar las más severas consignas sobre cosmopolitismo supuestamente descomprometido. Eloy Urroz lleva ya lustros vinculado a la literatura mexicana, sólo que desde la observación del académico de universidad estadounidense en una suerte de perpetuación de la experiencia peculiar de supervivencia de un Javier Marías o un Ruiz Zafón; amplió horizontes con un año de vida creativa en Arles, Francia, para regresar inmediatamente a los Estados Unidos. Ricardo Chávez Castañeda, viajero incansable de los espacios geográficos y mentales, está cerca de volverse emigrante definitivo en el alto frío del noreste de Norteamérica. Vicente Herrasti fue cosmopolita desde la plataforma de sus traducciones y su colaboración con el mundo editorial español. Y Pedro Ángel Palou, el más arraigado a lo local, dirige una universidad de corte y nombre estranjerizante, no sin antes convertirse en el artífice de un tenaz lanzamiento de anzuelos a autores del mundo para que arriben a su intimísima Puebla, todos ellos representando aires nuevos y provocadores para México. Nada de esto es muy nuevo ni se aleja mucho de las dos tendencias claves de la formación de jóvenes escritores en nuestro país. Primero la tradición de los maestros del grupo: Sergio Pitol, José Emilio Pacheco o Carlos Fuentes, capiteles en la búsqueda imaginativa de una creatividad moderna en todos los autores de México, necesitada de rebasar, con la energía de sus modelos y sus temas “mundiales”, las antiguas consignas de nacionalismo hierático.
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Aun así, el Crack no deja de establecer paralelismos involuntarios, únicos e inoportunos con el tufo de un repudio peligroso que en México tomó su más severa versión, la que aún resuena, en el caso de Los Contemporáneos. En segundo lugar, se destaca la histórica vinculación, aún no estudiada del todo, que ha existido entre los escritores de nuestro país y el extranjero por vía de la diplomacia, relación cualitativamente distinguida frente a la forma en que otras naciones, principalmente latinoamericanas, únicamente generaron una suerte de albergue entre los Ministerios de Educación y su respectiva intelectualidad. Sin embargo, el propio Jorge Volpi, en su jocoso Código de Procedimientos..., citado como mecha de esta reflexión, no pudo escaparse de un deseo de ubicación social y hasta una especificidad nacionalista: (El Crack) no pretende asumirse como conciencia global ni como ejemplo a seguir (...) se considera sobre todo como un grupo mexicano, independientemente de que algunas novelas de sus integrantes ocurren en Finlandia, Chipre o Mongolia (...) se siente orgulloso de pertenecer a la rica tradición literaria latinoamericana (y) pese a lo establecido (...) detesta el nacionalismo entendido como marca excluyente. Sus miembros consideran que es posible amar a Dostoievski e Ibargüengoitia al mismo tiempo. Parecería fácil, entonces, confirmar de nueva cuenta la forma en que este grupo ha tentado al destino, voluntaria o involuntariamente, para incorporarse más allá de su pretendida pureza artística a los momentos definitorios de una reflexión sobre los caminos sociales de nuestra literatura y, más aún, sobre su relación con el mundo literario internacional. ¿Por qué tenía que estar el Crack justamente inmerso en la determinación más reciente, más debatida y más agitada que ha vivido la compenetración entre los cuadros de la diplomacia y los de la intelectualidad para cumplir la meta de generar una presencia cultural de México en el mundo, algo que ocurrió al inicio del nuevo siglo? Las designaciones en 2001 de Volpi y Padilla como cabezas de la gestión cultural en dos de las capitales de Europa Occidental, entre otro cúmulo de nombramientos, fue el epicentro de meses concentrados en dimes y diretes en torno a las personalidades que México necesitaría para realizar una auténtica gestión cultural internacional penetrante, finamente priorizada, por vía de su diplomacia... Su sutil pero no inadvertido abandono de la diplomacia en 2003 fue eje de un nuevo temblor capaz de demostrar que el tema de los intelectuales en la diplomacia seguía motivando preguntas, tanto sanas e insidiosas, pero no respuestas. Se cuestionó así la problemática de que el Servicio Exterior Mexicano no ha dedicado recursos y esfuerzos serios a formar escuadrones de gestión cultural en sus filas de diplomáticos, problema que persiste agravándose irremediablemente; problema que trasciende a un servicio civil prestigioso pero anquilosado, que todavía se debate, por su exiguo tamaño, entre principios ontológicos como “especialistas” o “generalistas” entre sus miembros. Se trata de una fuerza de trabajo que empieza apenas, tímidamente, a decantar personal capacitado específicamente en la protección consular, en la promoción económica o en la comunicación social, cuando durante años lo único que formó con visos de rama peculiar y distinguida fue la de los “multilateralistas” elegantes y un tanto sabihondos, ya que ser multilateralista garantizaba vivir en una localidad atractivísima, elegida mundialmente para el debate sobre el paradero de la paz mundial. También la gestión cultural, por su parte, ha tenido tradicionalmente la ventaja de que sus responsables, cuando no provienen del Servicio Exterior Mexicano, alcanzan ciudades de muy buena vida, donde el arte y la cultura refinada es materia de competencia internacional (París, Madrid, Londres, Buenos Aires y hasta San Francisco). Los miembros del Crack fueron a lugares prototípicos de esta lista, poco extensa, y agitaron con ello el avispero en un momento clave de nuestra política exterior. El debate entre intelectuales o miembros del Servicio Exterior Mexicano que ocupan los puestos de responsabilidad en la promoción de la cultura mexicana, una tarea no menor y crecientemente más sustantiva, parecía ya zanjado en su parte logística, antes de esa designación en el 2001, lo que daba pie, al menos, a una calma irreflexiva.
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Tan simple como decir que la tradicional miscelánea entre unos y otros, impuesta a discreción, funcionaba bien para paliar presiones al interior del medio intelectual mexicano, disipando compromisos por amistad y muy por encima de la mínima necesidad de honrar cuotas políticas. No alcanzaba para hablar de la gestión cultural como herramienta de la política exterior del país. Pero al Crack le tocó congeniar con un proceso de apertura, transformación y genuino atrevimiento político, algo único que no dejó de estar ligado al ámbito estrictamente literario: si bien la política exterior había servido (no innecesariamente) sobre la fórmula de no interferir mayormente con el mundo para que el mundo no interfiera para nada en México y en sus evidentes deficiencias internas, a partir de la transición del nuevo siglo, tal política ha tenido que aceptar que en el mundo contemporáneo resulta necesario provocar reacciones de otros países para propiciar a su vez cambios y desarrollo en el patio doméstico. Muchas de estas provocaciones pueden ser dolorosas y dar pie a las rencillas y al ensimismamiento temeroso. El Crack, o al menos algunos de sus miembros, tenían el filo suficiente para hacer los escarceos con irreverencia tal que de inmediato se provocaran señales, por equívocas que se sintieran, desde las voces internacionales hacia la vida intelectual de México. Falta tiempo para medir su significación una vez que se asienten las envidias, al igual que las jactancias injustificadas. La estrategia de su nombramiento no estuvo exenta de defectos básicos: no se desplegaron con antelación instrucciones precisas para limitar la promoción personal en contraposición a la necesidad de promover la cultura colectiva de la nación (el principal referente en el pasado estuvo repleto de figurones como Alfonso Reyes, Rosario Castellanos, Fuentes, Paz, etcétera, cuya hiperbólica distinción personal no se significaba como un problema sino, muy al contrario, como una ventaja única para México considerando la situación tecnológica y las comunicaciones en esa época); otro tanto sucedía con el hecho de no haber ofrecido una estructura de recursos presupuestales suficientemente sólida y no haber terminado de vincular la actividad de los promotores a los proyectos centrales de la política exterior. Pero sobre todo tuvo un defecto formal en tiempos donde la forma se reitera como sustancia: la exageración, ya que junto a sus nombramientos llegó casi una cuarentena de designaciones, irregulares por naturaleza y manchadas de gestiones deficientes, decisión que despreció, no sin consecuencias, la poca o mucha experiencia acumulada en el Servicio Exterior Mexicano. Cierro diciendo que el grupo del Crack pagó caro (aun cuando obtuvo ventajas) el nivel de estridencia con que se acompañó su natural incursión en los ámbitos de la política exterior. El propio Crack, en el conjunto de sus voces, iniciativas y obras ha resaltado el hecho de que no se pervive con estridencias de trasgresión, por la trasgresión misma. La moraleja, en el tema de la promoción cultural internacional será, como siempre, la reiteración del valor indiscutible del balance. El balance resuena y persevera con eficacia. Tarde o temprano toma relieve el peso específico de la inteligencia personal de quienes trabajaron por la promoción cultural de México, sin importar su origen, contra quienes no hayan detentado tal inteligencia; tarde o temprano se subraya la vocación de servicio como fundamento central frente a quienes no la tuvieron, pero en todo ello se manifiesta que el Crack, al menos, dio un paso más, gracias a su vínculo por vocación con los debates intelectuales internacionales, en la conformación de su sentido social en la literatura mexicana contemporánea.
Alejandro Estivill
Revista de la Universidad de México

Laicidad en México

Humboldt y México: un amor correspondido

En Taxco, sitio de una de las primeras minas que los españoles explotaron en la Nueva España hay una noble casa que el timepo y la tradición han bautizado como la "Casa de Humboldt". En la ciudad de Cuernavaca y en otras poblaciones que el barón alemán visitó durante su viaje científico de once meses y medio por el Reino de la Nueva España, existen lugares que perpetúan su nombre. La fachada de una vieja casona del centro de la ciudad de México (antigua Calle de San Agustín No. 3) consigna en una placa las fechas de su estancia en la ciudad cuyos edificios neoclásicos le recordaban a París o San Petersburgo, y cuyo progreso artístico e intelectual admiró tanto: “Ninguna ciudad del nuevo continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la ciudad de México”. A unos pasos, en el lugar de la cruz atrial del antiguo convento de San Agustín que desde hace más de un siglo aloja a la Biblioteca Nacional, se levanta una estatua de Humboldt develada durante las Fiestas del Centenario de la Independencia en septiembre de 1910. “Tengo cincuenta y dos años de edad -escribió Humboldt en 1822, a su hermano Guillermo- y mi espíritu es muy joven todavía. Mi resolución esta tomada y es firme. Quiero salir de Europa y vivir bajo los trópicos, en la America Española, en un lugar donde he dejado algun recuerdo y en donde las instituciones se armonizan con mis anhelos... Tengo un gran proyecto de un gran establecimiento de ciencias en México, para toda la América libre... Mi idea es acabar mis días de un modo más agradable y mas útil para la ciencia, en una parte del mundo donde soy extraordinariamente querido, y en donde todo me da razones para esperar una existencia dichosa”. Al menos en cuanto al afecto de los mexicanos, no se equivocaba. Sin excepción, todos los mexicanos ilustrados de la época le profesaron un amor sin cortapisas. Lucas Alamán, el intelectual mas distiguido de la primera mitad del siglo XIX, le escribió hacia 1825, en su calidad de Ministro de Negocios Extranjeros: “Por vuestras luminosas obras... puede formarse una idea de que México llegara a ser regido por una buena constitución, ya que este país posee todos los elementos indispensables para su prosperidad... su lectura no ha contribuido poco a avivar el espíritu de independencia que germinaba en muchos de sus habitantes, y a despertar a otros del letargo en que los tenía la dominación extraña. La nación entera está pletórica de gratitud por vuestros trabajos”. México lo invitaba formalmente a volver y Humboldt expresaba su deseo de contemplar de nueva cuenta “las majestuosas cordilleras de Anáhuac, de estudiar otra vez sus producciones naturales y de gozar del placer de ser testigo de la felicidad creciente que debe nacer en vuestra república del seno de las instituciones libres y de las artes de la paz”. Este intercambio epistolar de entusiasmo casi mesiánico, ocurría durante los años que siguieron a la Consumación de la Independencia de México, en el momento de una fugaz esperanza colectiva que pocos habían ayudado a inspirar tanto como Humboldt. El animo correspondía puntualmente a sus reflexiones sobre la riqueza y potencialidad del suelo mexicano. Los criollos mexicanos -herederos por fin, tras una espera de tres siglos, de la antigua Nueva España- llegaron a leer el célebre ensayo de Humboldt publicado en 1811 más como una profecía nacional que como un libro científico:
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El vasto reino de Nueva España, bien cultivado, produciría por sí solo todo lo que el comercio va a buscar en el resto del globo: el azúcar, la cochinilla, el cacao, el algodón, el café, el trigo, el cáñamo, el lino, la seda, los aceites y el vino. Proveerfa de todos los metales, sin excluir aún el mercurio; sus excelentes maderas de construcción y la abundancia de hierro y cobre favorecerían los progresos de la navegación mexicana; bien que el estado de las costas y la falta de puertos... oponen obstáculos que serían difíciles de vencer.
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El tiempo y la dura realidad desmentirían casi todos los entusiasmos. Durante largas décadas, México no consolidaría sus instituciones libres, no cosecharía los frutos de su legendaria (y sobrevalorada) riqueza, ni conocería la paz. Por el contrario: viviría un largo, caótico periodo de guerras civiles e internacionales, de bancarrota y desprestigio, de desorientación ideológica y moral que lo llevaría a perder la mitad de su territorio y lo conduciría hasta el borde de la desintegración nacional. Este país “de revoluciones” y pronunciamientos, cerrado en su mentalidad y sus instituciones, repelía por su violencia a las corrientes de inmigración típicas del siglo XIX. No hubiese podido alojar el paraíso de la ciencia que el sabio alemán tenía en mente. Humboldt, por su parte, no era tan libre como las proclamas de su filosofía. El rey de Prusia tenía otras encomiendas para él. Durante la década de los veintes y treintas atenuó su nostalgia fungiendo como una especie de cónsul general honorario de México: asesor6 empresas europeas (inglesas, alemanas) que invirtieron en México, prestó múltiples ayudas a mexicanos en Europa. Nada había faltado en su vida fascinante. Colocado en el gozne de dos siglos, había sido un protagonista de la Ilustración alemana; había conocido a Schiller y Schlegel; ajuicio de Goethe, Humboldt destacaba sobre toda su generación “en conocimientos y en saber vividos. Nadie abarca más; todo lo domina y, en cualquier asunto, nos da alimento con sus tesoros espirituales”. Había presenciado los prodigios y desventuras de la Revolución Francesa, cuyos ideales de libertad lo habían marcado tanto como la filosofía kantiana. Desde el corazón de Europa, fue testigo de todas las perplejidades de la primera mitad del siglo XIX: la revolución parisina de 1830, las revueltas europeas de 1848, las luchas nacionales, el ascenso del socialismo, el fantasma del comunismo, la guerra de Crimea. En su madurez parisina conversaba con Heine y desconfiaba de Marx. Pero aún viviendo en aquella capital del siglo XIX lo azuzaban los recuerdos del remoto país que había dejado un 7 de marzo de 1804. Durante el siglo XIX, liberales y conservadores podían diferir sobre todos los temas imaginables -y matarse por ellos- salvo en la admiración por el Barón de Humboldt. El célebre villano de la historia mexicana, el operático general Antonio López de Santa Anna que entre 1833 y 1853 fue ll veces presidente de la República, lo premió en 1854 con la Gran Cruz de la Orden de Guadalupe, reconocimiento que Humboldt agradeció de esta forma: “Habiéndoseme concedido la más amplia libertad para determinar, yo el primero, por medio de medidas directas, la maravillosa configuración del suelo mexicano, y para observar la influencia de esa configuración sobre el clima y la variedad de la cultura, pude dar a conocer a la Europa, con la publicación del Ezsayo Político sobre México, el valor de las riquezas minerales y agrícolas del vasto país, cuya prosperidad, confiada a vuestra sabiduría, es el objeto de vuestra constante solicitud”. Tres años más tarde, el gobierno que derrocaría a Santa Anna, presidido por el liberal moderado Ignacio Comonfort, dispondría la fundación de tres ciudades en el Istmo de Tehuantepec -cintura de México en la que se construía el primer ferrocarril que uniría a los dos océanos. Una de esas ciudades llevaría el nombre de Humboldt. El proyecto fracasó porque cuatro meses después estalló la Guerra de Reforma entre liberales y conservadores. Al poco tiempo, en 1859, Humboldt moría, a los 90 anos de edad Al enterarse, el gobierno liberal radical presidido por Benito Juárez se apresuró a declarar “Benemérito de la Patria al Sr. Barón Alejandro de Humboldt” y ordenar a Italia, por cuenta del tesoro de la República, la hechura de “una estatua de mármol que se colocaría en el Seminario de Niñas de la ciudad de México con una inscripción conveniente”. El de Humboldt y México fue, sin duda, un amor mutuamente correspondido. “¿Usted ha viajado por México?, preguntó ya en su vejez Humboldt a un periodista norteamericano apellidado Taylor. Y lanzando un suspiro, agregó:
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¡Cuántos recuerdos me ligan a Médico! ¡Qué hermosas montañas las de México! Aquellos conos de nieve perpetua es lo mas hermoso del mundo; esas cabezas de nieve majestuosa que se elevan en medio de la brillante vegetación de los trópicos.
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Afiliado a la teoría de los “plutonistas” que creían en el origen volcánico del orden natural, Humboldt debió sentir por México una particular reverencia no sólo estética sino cienttfica. Quizá por eso hablaba una y otra vez de los volcanes mexicanos y conservaba un dibujo suyo del Pico de Orizaba, la montana más alta del territorio mexicano. Lo juzgaba más bello que los Himalaya. El tiempo no dañaría aquella historia de amor correspondido. Ningún otro extranjero ha mantenido en México un prestigio similar. No es difícil explicarlo: Humboldt fue un partero de la conciencia mexicana. Su Ensayo aparecerfa en 1811, a los pocos meses de estallada la guerra de Independencia. Con el tiempo, alcanzaría varias ediciones (la primera en español es de 1822) y provocaría innumerables comentarios en la prensa francesa, alemana, inglesa y norteamericana. En el nacimiento de esta nación, los mexicanos no requerhur sólo de un mito de fundación que los vinculara a las glorias de los emperadores aztecas y justificara su separación del tronco español. En el crepúsculo de las Luces y alba del romanticismo, fin de la era virreinal y comienzo del periodo in dependiente, los criollos necesitaban un evangelio científico irreprochable sobre el país que heredaban -que reconquie taban-, una obra que no sólo recogiese mucho de lo que varias generaciones de ilustrados mexicanos habían investigado en todas las ramas del saber (historia, conomía, geo grafía, mineralogía, botánica, geología, arte, etc...) sino que, sintetizando esos conocimientos, los divulgase en Europa desmintiendo las leyendas negras que corrían sobre la degradación congénita de América y apuntalando definitivamente la idea de un México respetable y promisorio. Humboldt no fue, desde luego, el primer extranjero en estudiar a México. Fue el primer extranjero ilustrado de prestigio mundial -es decir, europeo- en apreciarlo. En esencia, dio a México su carta de naturalización en la histo ria occidental. “El Ensayo político -escribió el Doctor José María Luis Mora- satisfizo la expectación pública y dio a conocer a México como hasta entonces no lo había logrado ninguna obra”. Lorenzo de Zavala, que en 1827 dio a Humboldt la ciudadanía honoraria del Estado de México, lo admiraba porque sus “pinturas, exactas en su mayoría, habían inspirado un interés vivo de conocer aquellas regiones, secuestradas del resto de las naciones por el gobierno español”. Por decenios, la obra de Humboldt fue el abrevadero que sirvió a propios y extraños como lo mis cercano a un censo nacional. En su Historia de México, Alamán sintetizó la trascendencia del Ensayo: hizo “conocer esta importante posesión a la España misma..., a todas las naciones..., y a los mismos mexicanos”. El despliegue de muchos de sus datos frente al presidente Jefferson en la visita que le hijo a Washington tras de dejar México en 1804, la amistad que se entab1ó entre ellos desde entonces y la correspondencia que mantendrían por años, arrojarían con el tiempo un tenue velo de sospecha sobre Humboldt. Según el historiador Bancroft, a Humboldt “le complacía” la pretensión expansionista norteamericana. El argumento es insostenible. Más que abrir el apetito del ‘destino manifiesto”, lo que Humboldt logró en un principio fue disipar la densa ignorancia de los norteamericanos sobre los valores científicos y artísticos de México y, señaladamente, sobre el valor de la revolución de Independencia: “Su obra -le escribió Jefferson hacia 1817- ha aparecido exactamente a tiempo para guiar nuestra comprensión de la gran revolución política que ahora coloca a esos pueblos en lugar prominente del escenario mundial”. En los tiempos de la invasión, manifestó sus temores de que “precisamente el engrandecimiento terrotorial trajera consigo circunstancias que impidieran el propio desarrollo de las instituciones libres, que son y deben ser del pueblo norteamericano”. Con todo, la continuidad de Humboldt en México y su sorprendente vigencia en nuestros días reside ademas en otro aspecto de su obra: su ideario liberal. Un notable pensador del siglo XIX, Ignacio Ramírez, proponía nada menos que la “humboldtización” de México, es decir, la adopción plena del programa liberal que el sabio alemán propuso en algunos capitulos de su Ensayo. Para cuando Ramírez formulaba su neologismo, la historia mexicana, al menos parcialmente, lo había adoptado. Humboldt había criticado el pasado colonial en sus aspectos políticos, económicos, sociales, culturales y religiosos. Para que las riquezas físicas y humanas de México pudiesen florecer no había más camino que el de la libertad interior y la apertura al mundo. México había sido -a juicio suyo- un país encerrado en si mismo, una fortaleza dentro de otra, prisionera de sí misma y de una triste historia de despotismo político, monopolio económico, corporativismo social y fanatismo religioso. Había que abrir el país a la inmigración la colonización, la enseñanza libre y laica, el comercio exterior; había que fomentar la industria manufacturera, diversificar la minería, reformar la estructura feudal de la agricultura. Por eso le entusiasmaban los avances científicos que encontró en la ciudad de México debidos al trabajo de sabios como Velázquez, Gama, Alzate: en ellos veía el embrión de lo que podía germinar en otros campos de la vida nacional. Humboldt, es verdad, fue ciego a los prodigios del arte arquitectónico en México (con ignorancia o desdén, apuntó, por ejemplo, que el Sagrario de la catedral mexicana era de estilo ‘morisco o gótico”); pero su insensibilidad, en todo caso, era pecado de la época. En definitiva, su ideario mexicano suponía un escape histórico de la “teocracia” prehispánica y virreinal; un salto de siglos hacia la civilización occidental del siglo XIX. En varios lugares de su Ensayo Humboldt extrajo, si bien tibia o respetuosamente, la conclusión natural de sus ideas: sólo un país libre e independiente, gobernado por los criollos tradicionalmente relegados por la metrópoli, podía asumir un proyecto así. La premisa del ide ario era una sola, “adelantar la cultura moral” de los hombres, y ésta -creía Humboldt siguiendo a Kant- “sólo es resultado de la libertad individual”. El siglo XX, purgado de sus propios horrores totalitarios, ha redescubierto la vigencia de ese valor. Humboldt fue un padre generoso de la conciencia mexicana y un padre audaz del liberalismo en México. En el primer caso la simiente que plantó dio resultados tangibles: México no es sólo un país consciente de si mismo, es incluso un psís obsesionado consigo mismo, que para romper su ensimismamiento hace bien en seguir ahora las pautas de apertura que el propio Humboldt aconsejó. En cuanto a su segundo legado, es obvio que México no es precisamente una meca del liberalismo, pero los mexicanos gozamos de ibertades cívicas reales que ya hubiese querido la propia patria de Humboldt durante buena parte de su historia, sobre todo en el siglo XX. Si la “humboldtización” de México se limitara a estos dos legados de autoconocimiento y autoestima nacional y de liberalismo puro, se justificaría con reces su memoria viva. Pero lo extraordinario del caso es que la obra de Humboldt encierra mensajes vigentes no para este siglo sino para esta hora de la vida mexicana. Me refiero, claro, a su sensibilidad social, y en particular, a su comprobación de la lacra mayor en la historia de este 0país. “México -notó Humboldt en 1803- es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de fortunas, civilización, cultivo, de la tierra y población”. En ese cuadro de contrastes sin estado intermedio, entre lo rico y miserable, lo noble y lo infame, nada lo impresionó más que la condición de los indios, que en ese momento componían el 60% de la población. Humboldt era un observador científico, no un sentimental romántico, lo cual vuelve más preciosas sus consideraciones. Sin pontificar, partiendo de observaciones y analogias, insistiendo siempre en el carácter provisional de sus conjeturas psiciológicas, advierte en el indio cualidades que sin ser congénitas, le parecen arraigadas: “El indígena mexicano es grave, melancólico, silencioso...no se pintan en su fisonomía aun las pasiones mas violentas; (pero) presenta un no se qué de espantoso cuando pasa del reposo absoluto a una agitación violenta y desenfrenada. El indígena del Perú tiene costumbres más dulces; la energía del mexicano egenera en dureza”. Junto a esta imagen de ferocidad, Humboldt presenta un extraordinario retrato histórico de la pasión mexicana por las flores. Por un momento, la pluma neoclásica se vuelve romántica. Humboldt anticipa a Diego Rivera y describe el delicado y multicolor entretejido de flores y frutos en un mercado indígena. Por un lado el culto de los sacrificios; por otro, el culto a la belleza y la sensibilidad de alma. ¿Cómo aclarar el misterio? El indio mexicano no liberaba su potencialidad para lo bello y lo bueno, ni se apartaba de sus costumbres de la degradación y la violencia, porque sobre él recaía aún la doble herencia opresiva del despotismo azteca y español. Los peores tiranos del indio -sostenía Humboldt- eran los propios indios de la decadente nobleza, caciques coludidos con los sacerdotes y los alcaldes mayores. Esa triple alianza del poder étnico, el sacerdotal y el político, mantenia al indígena en una permanente minoría de edad. La vigencia de las benévolas Leyes de Indias (expedidas por el emperador Carlos v en 1542 para protejer a los indios) era, ajuicio de Humboldt, el anacronismo mayor de aquella hora:
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En un siglo en que se disputó con toda formalidad si los indios eran seres racionales, se creyó hacerles un gran beneficio tratándolos como menores de edad, poniéndolos bajo la tutela de los blancos y de clarando nulo todo instrumento firmado por un indígena..., y toda obligación.. Estas leyes que están aun en pleno vigor ponen una ba rrera insuperable entre los indios y las demás castas, cuya mezcla está también prohibida. Miles de aquellos habitantes están impedidos de tratar y contratar y condenados a... ser una carga para sí mismos y para el estado a que pertenecen.
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Para atenuar la desigualdad entre clases y castas, la receta de Humboldt no pasaba por el fortalecimiento del Estado paternal; mucho menos por el establecimiento de santuarios indígenas aislados. Pasaba justamente por la liberalización que sus seguidores en el siglo XIX pondrían en práctica: igualdad civil ante la ley, reparto individual de la tierra, fin del sistema tutelar, plena libertad de los indios para moverse y establecerse en todo el país, y para tratar y contratar con otros ciudadanos. Amparados en esta legislación, muchos atropellaron los derechos legitimos de los indígenas aprovechándose de su ignorancia, acaparando sus tierras y contratando su trabajo en términos casi serviles. Pero esa misma legislación liberó también a vastos contingentes indígenas que escaparon étnica, cultural y económicamente de su condición, hacia zonas más ricas y abiertas. El verdadero milagro de México, el mestizaje de infinidad de grupos, clases y etnias, tomó un impulso definitivo en el México liberal del siglo XIX. ‘La fusión -escribía Mora a propósito de los cambios igualitarios introducidos en el país a raíz de la Independencia- se ha verificado sin violencia, y continúa progresando, de manera que después de algunos años no será posible señalar, ni aún por el color, que está materialmente a la vista, el origen de las personas”. Mora enía razón. Gracias al legado liberal -que debe tánto a Humboldt- México es un país sin graves tensiones étnicas. En este sentido, es Europa -y muy en particular Alemania- la que en el siglo XX debió haber adoptado la “humboldtización”. México había instaurado ese pacto de convivencia y tolerancia étnica desde el siglo XIX. Hoy México vive un nuevo capítulo de aquel espectáculo de desigualdad que estudió y dictaminó Humboldt, Pero no hay que engañarse: se trata de un capitulo marginal. En Chiapas no hubo orden liberal ni mestizaje, sino una continuidad de las antiguas pautas de opresión y discriminación. Por eso mismo, la única solución es la solución probada: no la perpetuación de un régimen tutelar (con la férula de la Iglesia o del Estado, da lo mismo) sino la consolidación de la libertad civil y la igualdad ante la ley. En ese marco de respeto a la individualidad del indio, cabe -urge- la acción práctica, juiciosa, misericorde del sector moderno de la sociedad y del Estado. “Es del mayor interés... mirar por los indios y sacarlos de su presente estado de barbarie, de abatimiento y miseria”. Formuladas hace casi dos siglos, sus palabras son un programa y un llamado a los mexicanos de hoy. Tres legados: una nacionalidad independiente, libertades cívicas tangibles, rechazo firme de las diferencias de fortuna, clase, color. Tres valores: fraternidad, libertad, igualdad. La propuesta de Humboldt sigue vigente. La historia de amor entre el barón alemán y la patria mexicana, venturosamente, continúa.
Enrique Krauze


Vuelta, Julio de 1994

Teotihuacan

Doña Marina (La Malinche) y la formación de la identidad mexicana

Difícil es encontrar un personaje que, habiendo sido tan decisivo para la historia, haya sido mitificado de tal modo que apenas podamos distinguir lo que de verdad esconde la historiografía. Heroína para unos, ser abominable para otros (el pueblo mexicano la ha transformado en la figura popular de la Llorona o la Chingada), no se puede negar que doña Marina es el primer símbolo del mestizaje, y por tanto, de la identidad mexicana. En esta línea Cristina González Hernández ha escrito una obra que, como indica José Andrés-Gallego en la presentación, “hacía falta”.3 González Hernández es doctora en Antropología y Etnología de América por la Universidad Complutense de Madrid, ha realizado trabajos de investigación antropológica en México y Perú, y ha sido conservadora del Museo Nacional de Antropología y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad se dedica a la investigación a tiempo completo. Muy bien documentado y con una amplísima bibliografía (como requiere cualquier libro de historia), la autora trata de no dejarse llevar por estereotipos ni prejuicios conduciéndonos a una aventura diacrónica a través de numerosos historiadores, de una forma amena y ordenada. Ha dividido su libro en tres partes: en la primera nos pinta de una manera breve pero completa el mundo azteca antes de la conquista. La segunda, el cuerpo más amplio, la dedica a explicar cómo se ha ido transformando historiográficamente la Conquista en una "destrucción de las Indias"4 o en algo positivo,5 y más específicamente, la propia interpretación que, en consonancia, se ha hecho de la figura de la Malinche a lo largo de los siglos. La tercera se acerca a la Malinche histórica. Uno de los elementos destacables es, sin duda, la denuncia de la autora que nos hace ver que la historia se convierte en un arma arrojadiza y puede ser retocada según el bando, para justificar una ideología o unas acciones determinadas. En lo concerniente a la Conquista y a América, existe una visión negativa encarnada por la “Leyenda Negra”, que sentenciará a España como la culpable de las acciones más abominables del proceso: “Las potencias extranjeras intentaron demostrar que los españoles, por su crueldad y codicia, estaban moralmente incapacitados para mantener sus derechos sobre las Indias”6 Esta tendencia historiográfica será alimentada por los autores indigenistas y nacionalistas, que ven en su pasado azteca un marco aglutinador, a pesar de que el territorio que hoy ocupa México reunía una gran variedad de etnias distintas. También es utilizado por los defensores de los derechos indígenas, inspirándose en el silogismo de Bartolomé de las Casas, según el cual “si el indio es hombre y el hombre es libre, el indio es libre”.7 Una libertad dada por Dios, que los hombres no tienen derecho a arrebatar. Son ejemplos de esta corriente, además del propio Bartolomé, Agustín Dávila Padilla8,
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Carlos María de Bustamante9 (que llega a llamar a la Malinche "mala hembra…loca, espiona") o Manuel de Orozco y Berra.10 La traición de Cholula es uno de esos sucesos controvertidos de la Conquista. Para estos autores fue una acción de violencia desmedida cuya única culpable es, en ocasiones, la Malinche. Alfredo Chavero se pregunta: "¿Qué interés podía tener esa vieja por una india que no era de su raza y venía con los enemigos para descubrirle así sus secretos?"11 La literatura nacionalista de los últimos dos siglos ha encontrado en la Malinche un filón del que sacar tajada. El mismo Cavero escribe un drama teatral, Xochitl, en el que doña Marina es a la vez traidora y traicionada,12 y Willebaldo López de Guzmán escribe Malinche, trasladando al personaje a su propia época, símbolo de una nación que se vende al extranjero. Este nacionalismo ha cobrado gran fuerza sobre todo a raíz de la independencia mexicana. Octavio Paz afirma: “Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las Indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles […] el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche”13 El nacionalismo mexicano surge como necesidad de un pueblo en su búsqueda de una identidad propia. Pero aquí aparecen varios problemas: ¿cómo identificarse con un pasado contrario a los valores cristianos? ¿Cómo identificarse con un pueblo venido de fuera (el español) y renunciar al pasado indígena? ¿Se debe buscar el germen de la sociedad mexicana en la América precolombina o bien a partir del mestizaje posterior a la Conquista? ¿Puede considerarse a doña Marina una traidora si aún no existía ninguna patria a la que traicionar? ¿Cómo puede ser una traidora una esclava a la que han excluido de su sociedad y que vio en los españoles la esperanza de mejorar su vida? Son demasiadas preguntas con complicada respuesta. La corriente opuesta a la indigenista, hispanofóbica o nacionalista, es la hispanista. Se inspira en lo escrito por Bernal Díaz del Castillo,14 el soldado-cronista, que se considera verídico puesto que el autor es testigo directo. La autora nos advierte de lo influido que está Bernal Díaz por las novelas de caballerías tan de moda en la época, y la tendencia que por ello tiene de escribir como si estuviera componiendo un cantar épico, con sus protagonistas y antagonistas, sin término medio. También atiende a lo escrito por el biógrafo de Hernán Cortés, López de Gómara.15 Para ellos, doña Marina (resaltando el título de doña) es una heroína, una mujer llena de buenas virtudes, leal a la corona española y que ejerció de evangelizadora. Se ensalzará sobremanera su amor a Cortés (puesto en duda por la historiografía). Fernando González Berazueta lo describe así: “En sus entrañas engendró un hijo, producto de esa unión de dos razas, simiente de una nueva, la mestiza; semilla fecunda que florecerá en una nación en que no habrá vencedores ni vencidos, una nación que unirá en una sola, con destino propio a las diversas tribus, las diversas lenguas, las diversas religiones. RAZA MESTIZA QUE NACE COMO PRODUCTO DEL AMOR”16 Y es que la relación entre Cortés y la Malinche ha sido utilizada por numerosos autores para escribir libros que, pretendiendo ser históricos, bien parecen novelas rosa, como Delamarre y Sallard, que se refieren así al episodio de la entrega de las indias en Tlaxcala, donde se regala a Cortés a la hija del cacique: “Se encontraba por lo tanto en un dilema: aceptar a la joven y arriesgarse a suscitar los celos domésticos de doña Marina […]. Al rechazar la mano de una princesa, Cortés mostró a doña Marina el respeto que le debía”17 Las últimas tendencias historiográficas apuntan a una revisión del personaje de doña Marina, más objetiva. No obstante, en la mente popular ya han arraigado conceptos como malinchismo o malinchista.18 El libro también se aproxima a la Malinche histórica, alejada del personaje que se ha recreado a posteriori. Muy poco se sabe de ella con certeza, especialmente en lo relativo a su vida justo antes y después de la Conquista. Se suele recurrir a Bernal Díaz19 por ser quien más datos aporta sobre la Malinche. Al contrario de lo que se pueda pensar, Cortés dice bien poco de ella en sus Cartas de Relación a Carlos V,20 a la que tan siquiera nombra. Desde aquí creemos que esta omisión puede deberse a que Cortés quiere adjudicarse todo el mérito de la empresa, y si la nombra es sólo en relación con los sucesos de Cholula. Quizás quiera eludir la responsabilidad de ser el único culpable de una de las mayores matanzas de la Conquista. La autora hace un repaso de su vida empezando por explicar los diferentes nombres que recibe (doña Marina, Malinalli, Tenepal, Caoniana y Malinche), sin saber si el español deriva del náhuatl o viceversa. Casi se podría decir que existen tantas teorías como nombres, algunas de ellas ridículas.21 Según la historia oficial, la Malinche era una indígena de habla náhuatl, compañera de Hernán Cortés durante la conquista de México. Aunque no se conoce a ciencia cierta sus datos biográficos con anterioridad a la llegada de los españoles, probablemente nació en Painala (región de Coatzacoalcos), y era hija de un cacique que la vendió como esclava en una localidad maya del estado de Tabasco. El 12 de marzo de 1519 fue regalada con un grupo de 20 esclavas a Cortés y, bautizada poco después, recibió el nombre de Marina. En un primer momento vivió con Hernández de Portocarrero, pero al partir éste a España se convirtió en la amante de Cortés, de quien tuvo un hijo, Martín. Prestó un importante servicio a los españoles como intérprete de las lenguas náhuatl y maya. Posteriormente Cortés la casó con el capitán Juan Jaramillo, al que dio una hija, María. El libro cumple de sobra el objetivo de presentarnos a Marina en su doble faceta como personaje histórico y como icono historiográfico, haciendo un amplio repaso sobre los historiadores que la han tratado, y cómo la búsqueda de la identidad mexicana ha ido modelando la visión que se tiene de ella.

Cristina González Hernández
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Doña Marina (La Malinche) y la formación dela identidad mexicanaMadrid: Ediciones Encuentro, 2002, 264 p.

Notas:

1 Guitarrista mexicano.
2 Durán, D., Historia de las Indias de Nueva España e islas de la tierra firme, 2 vols., Porrúa, México 1967.
3 Andrés-Gallego, J., "Presentación" en: González Hernández, C., Doña Marina (la Malinche) y la formación dela identidad mexicana, Encuentro Ediciones, Madrid 2002, p. 9.
4 Casas, B. de las, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Fontamara D.L., Barcelona 1974.
5 “No deben examinarse los malos pasajeros que causó, sino los efectos permanentes, los bienes que ha producido[…] estos males no son por otra parte otros que los comunes a todas las guerras y más especialmente a las delsiglo en que la conquista aconteció. El camino del conquistador no puede quedar trazado sino con sangre, y todolo que hay que examinar es si ésta se derramó sin innecesaria profusión y si los bienes sucesivos han hecho cerrarlas llagas que la espada abrió”, Alamán, L., Disertaciones sobre la historia de la república mejicana, MarianoLara, México 1844, Vol.I, p.313.
6 Molina Martínez, M., La Leyenda Negra, Ed. Nerea, Madrid 1991, p. 25.

7 Casas, B. de las, Op. Cit., p. 37.
8 Dávila Padilla, A., Varia historia de la Nueva España y Florida: donde se tratan muchas cosas notables,ceremonias de Indios y adoración de sus ídolos, descubrimientos, milagros, vidas de varones ilustres y otrascosas sucedidas en estas Provincias, J.B. Varieso, imp., Valladolid 1634.
9 Bustamante, C. M., Cuadro histórico de la revolución mejicana, 3 vols., Juan R. Navarro Imp., México 1854-1855.
10 Orozco y Berra, M., Historia antigua y de la conquista de México, 4 vols., Porrúa, México 1960.
11 Chavero, A., México a través de los siglos, Espasa, Barcelona 1889, Vol.I, p. 83.
12 Chavero, A., Xochitl: Drama en tres actos y en verso, Gonzalo A. Esteva, tip., México 1878.
13 Paz, O., El laberinto de la soledad, FCE, México 1982.
14 Díaz del Castillo, B., Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 2 vols., Edición de Miguel León-Portilla, Historia 16, Madrid 1984.

15 López de Gómara, F., Historia de la conquista de México, Porrúa, México 1988.
16 González Berazueta, F, Malinche Tenepatl, Doña Marina, Delegación México, Asociación de AntiguosColegiales de Nuestra Señora de Guadalupe, México 1993, p. 34. Las mayúsculas son del autor.
17 Delamarre C. y Sallard D., Las mujeres en tiempos de los conquistadores, Ed. Planeta, Barcelona 1994, p. 57.
18 Malinchista: persona que renuncia a su propia patria para dejarse encandilar por el extranjero.
19 Díaz del Castillo, B., Op. Cit., 1984.
20 Cortés, H., Cartas y memoriales, Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, León 2003.
21 http://www.arches.u ga.edu/~jolson/malinchehtml.html

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