¿Hemos aprendido algo del 68?
Deploramos en 1978 el cumplimiento, no de uno, sino de dos aniversarios: el de la represión sangrienta del movimiento estudiantil de 1968 y el de la represión, también sangrienta, del movimiento ferrocarrilero de 1958, que concluiría en los primeros meses del siguiente año con el encarcelamiento de cerca de ocho mil líderes y trabajadores. Uno y otro son puntos medulares para la comprensión de la estructura política del país y ambos representaron, como todo el mundo lo ha dicho, un momento de quiebra, de crisis nacional, a todas luces no superado. El de 58-59 era un movimiento obrero, de corte socialmente nuevo; un brote de poderosa independencia sindical, que se producía, o se iniciaba, en el seno de una empresa del Estado (los Ferrocarriles) y se enfrentaba abierta y exitosamente al aparato burocrático del sindicalismo oficial. Los líderes ferrocarrileros barrieron literalmente en todo el país a los falsos y corruptos representantes de su gremio y tomaron las riendas del sindicato. A esa lucha se unieron importantes contingentes de trabajadores de otros sindicatos:. telegrafistas, petroleros, electricistas, maestros, cuya confluencia en un movimiento que amenazaba con rebasar los límites “razonables” de un conflicto económico y gremial, alarmó como nunca a lo que continuamos llamando “movimiento obrero organizado” que, a su modo, ha estado siempre verdaderamente organizado, y alarmó también a la empresa privada y al poder público, acostumbrados a negociar en términos convencionales los conflictos obreros. Hablaremos más adelante de las condiciones, y las causas de la derrota ferrocarrilera de 1959, pero debe decirse desde ahora que esa derrota abrió una era funesta para la vida democrática del país y sentó precedentes jurídicos desfavorables para toda lucha sindical independiente. Tras la ocupación de los locales ferrocarrileros por el ejercito y la imposición de los líderes que aun dirigen el sindicato, se impusieron largas y anticonstitucionales condenas a los dirigentes del movimiento (Vallejo, Campa y otros), lo mismo que a dirigentes del PCM y del POC, que permanecieron en prisión ocho, diez u once años. Esta era la herencia política de los años sesenta, para decirlo en forma muy rápida y gruesa, pero era una herencia política, perfectamente olvidada por una clase obrera, vencida, escéptica, inmadura ideológicamente (no por su culpa), y por unos universitarios que habían contemplado el movimiento ferrocarrilero en los años de la preparatoria, corriendo delante de las fuerzas del orden y aspirando los copiosos gases lacrimógenos prodigados por los granaderos durante casi un quinquenio. Era un perfecto olvido imperfecto, porque de vez en cuando, al impulso del espíritu navideño o al calor de algún incidente escolar, alguien se acordaba de que Vallejo llevaba ahí cinco o seis años, de que no tenía recursos materiales para sobrevivir, de que era una injusticia incalificable y una verguënza nacional su prisión, etc. etc.
Y era también la herencia política que estaba destinado a rescatar, no tan conscientemente como suponen los optimistas, sino por la evidencia y la fuerza de las cosas, el movimiento de 68, que se iniciaría de manera irrelevante, como un conflicto económico y universitario (aumento de sueldos a maestros y otras demandas) y crecería desmesuradamente gracias a la pericia autoritaria y la ceguera de los gobernantes en turno. No hay tiempo, ni hay motivo, ni es el sitio para hacer aquí una historia del 68, que se ha hecho ya prolijamente. Pero debe confesarse que han abundado sobre el tema las crónicas minuciosas, los grandes reportajes y los testimonios de carácter moral, más que los análisis políticos. Era natural que así ocurriera, y eso es la prueba de que la estúpida, injustificable, bestial matanza de Tlatelolco, ha dejado realmente huella; prueba de que el movimiento y su represión insensata continua repercutiendo en diferentes aspectos fundamentales de la vida nacional y prueba de que no puede resolverse con retórica una cuestión como ésta. Hemos llorado, con sobrada razón, diez anos sobre Tlatelolco, pero todos sabemos que ha llegado el tiempo de empezar, sobre lo mismo, a pensar. Sólo, casi, a advertir esa urgencia apuntan estas lineas. Me sigue pareciendo excelente, entre los testimonios publicados dos o tres anos después de 68, el material de las conversaciones del rector Javier Barros Sierra con Gastón García Cantú; es probablemente ese el más frío, el más contenido por obvias razones, pero también el más agresivo y revelador de los testimonios emitidos en esa época. Iniciado el movimiento -dice Barros Sierra- como una protesta contra los excesos de la fuerza pública... se fue canalizando hacia la petición de medidas que tendían a democratizar la vida pública del país... derogación del artículo 145 del código penal, la libertad de presos políticos. . . En esa coyuntura, como lo señala Barros Sierra, el movimiento retornaba las demandas democráticas esenciales del 58, y también, involuntariamente, espontáneamente (lo que no es alentador), retornaba buena parte de los métodos improvisados, las ilusiones políticas y las desproporciones que imprimieron al movimiento ferrocarrilero SUS oportunistas asesores “marxistas” del PCM y del POC, sobre todo (lo dijimos entonces y lo vuelvo a decir ahora). Nadie intenta justificar, ya se dijo, las brutalidades, frías o calientes, cometidas por el Gobierno en 1958 o en 1968, pero no estaremos en condiciones de entender nada de nada si no somos capaces de examinar sin mojigatería militante el papel que verdaderamente han desempeñado la llamada izquierda dirigente y los “dirigentes” en general. Barros Sierra lo dice, hablando del 2 de octubre de 1968 concretamente:
... me pareció -usted sabe mi opinión desde entonces- absurdo el efectuar el mitin el 2 de octubre. El de una semana antes afortunadamente... no tuvo incidentes mayores, pero era previsible que ocurrieran. En la medida en que se acentuaba la represión violenta, ellos se arriesgaban (más). El pueblo acudía en número cada vez menor; el peligro que esto significaba, en cuanto a la posibilidad de provocaciones era mayor. La historia, infortunadamente, así lo registra. Ellos cometieron el gravísimo error, insisto, de efectuar el mitin del 2 de octubre en la llamada Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.
El rector lo sabía, los “dirigentes” no. Y sin embargo, irritado justamente por la absurda represión del 2 de octubre, el rector los defendió entonces. Y al hablar de dirigentes no hablo sólo de personas, que naturalmente tienen responsabilidad, sino de categorías vivientes de la época: de los dirigentes que podían darse en el movimiento. Marx (que como todo gran pensador también acostumbraba acertar), dice en algún prólogo de El Capital, creo que en el de 1867, que “no se puede hacer al individuo responsable de la existencia de condiciones de [las] que él es socialmente criatura”. La cuestión del oportunismo dirigente, si le podemos llamar así, es primordial. Tanto la buena voluntad y el heroísmo de los militantes de izquierda, como la mala voluntad y la criminalidad de los gobernantes que hubieran manipulado el movimiento con fines electorales (v.gr.), son cosas que se cuecen aparte cuando se trata de analizar el comportamiento político de los grupos o personas que pretenden ser factores directivos de un conflicto. ¿Dirigían realmente los grupos de la izquierda en 58 y en 68? ¿Cómo y en qué medida dirigían en un caso y en otro? ¿Soñaban que soñaban que dirigían? ¿En qué medida pudieron dirigir mejor? ¿Los rebasó de tal modo el movimiento de 68 que perdieron desde el principio el más mínimo control, incluso del estudiantado? ¿Qué misteriosa potencia o deidad presidió tan expedita y magistralmente la marcha de esas catástrofes? He aquí un comentario del “otro lado”, del lado del movimiento y de sus víctimas. Un comentario de José Revueltas, en la cárcel de Lecumberri (publicado en Uno más uno, abril de 1978):
... ¿*Fuimos nosotros quienes introdujimos ese lenguaje, esas figuras, esos lemas, esas consignas, ese estilo (Mao, el Che, Ho Chi Min, Trotsky) en el Movimiento? Sí y no. El sí se refiere a todos los grupos -a los grupúsculos de todas las tendencias marxistas que han trabajado y trabajan en la Universidad y los demás centros educativos. . . Pero es un hecho evidente que la proporción ideológica que adquirió el movimiento -y en un lapso extraordinariamente breve- dejaba muy por debajo las proporciones de la actividad que los grupúsculos pudiesen llevar a cabo, y muy por debajo la influencia que desplegaban. No; la influencia de cada uno de los grupúsculos sobre el contenido del movimiento no fue decisiva en modo alguno, sino que obró de un modo secundario y en cierto modo accidental. No existe un solo grupúsculo que pueda jactarse de que tiene o tuvo núcleos militantes en todas y cada una de las escuelas y facultades de la Universidad o el Politécnico. Los grupúsculos contaban el número de sus miembros estudiantiles con los dedos de las manos y, a más, todos ellos concentrados en facultades y escuelas muy específicas ( en el ala de Humanidades de la Universidad sobre todo).
Irresistible y larga cita de Revueltas que puede resumirse llanamente de la siguiente manera: los “dirigentes” influyeron en su propia casa, se autoagitaron, no dirigían el movimiento espontáneo que los rebasó desde el principio. Los dirigentes fueron dirigidos por un todo que no dirigía nadie, en el sentido estratégico o militar del término. Los que menos influyeron en ese movimiento fueron los dirigentes estudiantiles, que pueden dormir tranquilos y exculpados parcialmente por los supuestos errores de dirección que hubieran cometido. Pero nadie puede dormir tranquilo si nos quiere engañar, y quiere engañar a los estudiantes, a la clase obrera, al pueblo con la despreciable ficción de que “Tlatelolco fue el martirologio de la zquierda dirigente”, a la que habría que encumbrar históricamente y concederle reivindicación política justiciera. No creo que, a la altura de estos aniversarios, ninguno de los dirigentes estudiantiles honestos del 68 -los hay y los conozco-, pretendiera semejante cosa. Con Revueltas (ahora puedo decirlo), discutí estas cosas antes del 2 de octubre. Le hice ver lealmente -siempre fuimos cordiales amigos y camaradas- mi discrepancia con el romántico aliento que él trataba de darle a la organización estudiantil, le exprese mis temores de una represión implacable, que se anunciaba en el informe presidencial del lo. de septiembre de 1968. Revueltas da breve testimonio de esas discrepancias anotando mi nombre de pila en su diario de 68, de próxima publicación. Revueltas fue siempre perfecto, como hombre moral -10 he dicho en otra ocasión-, estaba entregado a una causa ética y metafísica de oscura y respetable alcurnia, que lo conducía a gran desgaste físico y desesperación espiritual admirables. Era tal vez la más consciente de las criaturas, y la más temeraria, en todo ese caos, que juzgaba con humor cuando repetía su vieja broma “ Miren, un obrero! ”, para subrayar la absoluta ausencia de relación entre los grupos marxistas y el proletariado mexicano, que vive “organizado” maravillosamente en lo general.
Lo que alarma es que los movimientos no aprendan, no tengan memoria política, solía decir el propio Revueltas. Y no la tienen, no aprenden. Es claro, por ejemplo que el UNETE PUEBLO de 68 era una buena consigna de agitación callejera, pero el pueblo no se unió, aunque simpatizara con los estudiantes y no lo hiciera con el gobierno represivo de Díaz Ordaz. Al pueblo hay que explicarle como unirse, y eso no se hace en un día; hay que explicarle y enseñarle cómo organizarse, y eso no se hace en diez años. Y para explicarle eso al pueblo hay que estar organizado uno mismo. Y no estamos organizados, no lo está nadie para semejante tarea en ninguno de los grupos de izquierda del país. El 58 fue una experiencia directiva de la cual tampoco aprendió nada la izquierda. Si hablamos entonces, con Revueltas, en ediciones poco menos que privadas, del oportunismo inveterado del PCM en 1958, podríamos hacerlo ahora en los mismos términos. El PCM no había visto un obrero, desde su falsa y demagógica y democrático- burguesa prosperidad de membresía (prosperidad numérica) de la etapa cardenista, y el movimiento ferrocarrilero le permitió, como al POC, la oportunidad -en el mal sentido del termino-- de intervenir en un movimiento obrero, mal o bien. Lo hizo, lo hicieron mal, claro es. El oportunismo de este género de partidos que llamamos entonces, y seguimos llamando, inexistentes históricamente, consiste en la práctica inescrupulosa de intervenir en todo movimiento para llevarlo, en la medida de lo posible, a sus últimas consecuencias, lo permitan o no las condiciones políticas del momento. La derrota de un movimiento como el de 1958 no interesa a estos grupos como tal, ni es una experiencia política para el trazo de la futura estrategia: importa para probar que se es mártir, que se dirigen obreros, que se existe. ¿A quién se le quiere probar tal cosa? La respuesta es casi infantil, pero es correcta: a los países socialistas, a los burocratizados partidos comunistas del mundo y demás organizaciones de izquierda de cuya colaboración y con cuya relación vive un partido inexistente. El Partido Comunista Francés, de membresía y poder económico considerable, es de los más conservadores de Europa, pero sus defectos son otros: puede permitirse el lujo de aburguesarse, de resistirse a la participación revolucionaria en movimientos con verdaderas prespectivas políticas. No es el caso de partidos como el PCM.
El 68 probó, como el 58, la inexistencia no del PCM, que ya estaba probada, sino de cualquier factor ideológico y político capacitado para influir en un verdadero movimiento popular o social dentro de una línea democrática coherente y efectiva. iHemos aprendido, ya, algo del 58 y del 68?
Eduardo Lizalde
Revista Vuelta